Límite 48 horas (Parte 3 de 3)
Buenos días por la mañana. Hoy toca contar qué hicieron los becarios polacos por estos lares el fin de semana pasado. Sirva de advertencia a los que tengan intención de venir a este país de perversión, alcohol y decadencia. O al menos eso dicen las guías.
Los valientes becarios se plantaron aquí el sábado de madrugada, y Pedro se ofreció amablemente a traerlos del aeropuerto, mientras los demás los esperábamos en un bar (el salsa, ya que Ana Carnaval estaba presente). Con la gente ya por la cuarta copa después de la fiesta en casa de Ana, es sorprendente que los polacos no se volvieran horrorizados a su país al ver el tipo de gente que somos. Aunque ha decir verdad, los elementos que trajeron eran lo suficientemente espectaculares como para no escandalizarse por nada.
En primer lugar estaba Pablo, el único de nuestra clase en el CECO (Pedro y mía, se entiende). Es el más serio y respetable de los cuatro y mantuvo el tipo durante todo el fin de semana, tanto en los bares como en las madrugadas para ver Bucarest. Le toco dormir en mi casa, al pobre.
A continuación, Roberto, un elemento realmente curioso, como se puede apreciar en la foto robada sin reparo al blog de Pedro. Es el tecnológico y yo ya lo conocía del cursillo, aunque ignoraba sus peculiaridades como la de levantar botellas sin usar las manos o sus improvisaciones poéticas en varios idiomas a la vez. Gran persona en el poco tiempo que estuve con él.
Finalmente, los informáticos Paco y Gueri. Si Javi nos parecía una rareza entre los informáticos por las ganas que tiene de juerga, estos dos nos han convencido de que los informáticos en general son una panda de borrachos capaces de aumentar la demanda de alcohol en un 10% en el país en que se encuentren. Por supuesto, encajaron perfectamente en el grupo
En cuanto a la visita, lo tradicional: el twice, el embrión, el salsa 3 y algún otro más que cayó cuando yo no estaba presente. Les llevamos a comer oso (a cien leis por barba, nos salió al doble de los que nos suelen cobrar), a la Mama a por mititeis y al Vogue a por sopa. Lo normal, vamos. Les hicimos el recorrido típico por Bucarest, bajando la calle principal, viendo el palatul y el pequeño casco antiguo. Cada vez me gusta más hacer de cicerone por esta ciudad, aunque el domingo por la mañana me rajé. Deje a Pablo con Pedro y Roberto y me volví a la cama. Estaba muerto, por no decir resacoso (por alguna razón, la noche anterior me habían nombrado miembro del club de informáticos, o de los borrachos, no me acuerdo, y lo celebramos plimplando una botella de vodka a palo seco entre cuatro)
Se fueron contentos, allá a las cuatro de la mañana del lunes. Parece que les gustó, porque nos han prometido cama por allá para cuando vayamos, que espero sea pronto.
